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7.3.11

La piedad peligrosa (Una anécdota de Victor Klemplerer)

Victor Klemperer

La anécdota la anota  Klemperer en su diario, el 19 de julio de 1943. Sucedió en Dresde, en una calle cualquiera. Un hombre mayor, viendo que Klemperer portaba la estrella amarilla, se dirige a él:

-He visto su estrella y le saludo; yo condeno esa proscripción de una raza, y no soy el único que piensa así.

Quizás no sea el único que piensa así, pero sí es el  único que tiene la osadía, peligrosa osadía, de expresarlo.

Klemperer, inquieto, le contesta, brusco:

-Muy amable; pero no puede hablar conmigo, eso puede costarme la vida y llevarle a usted a la cárcel.

La amable imprudencia deja perplejo al filólogo. Por aquel entonces no son muchos los judíos que sobreviven en Dresde. Buena parte de ellos han sido deportados ya hacia un destino irreversible. Klemperer debe la exigua libertad de la que goza (libertad suficiente para librarle del campo de exterminio) a su matrimonio con una “aria”. Y no solo a su matrimonio, sino al hecho de que su mujer, a pesar de todas las presiones, se niega a divorciarse de él. Y así, pasando mil penalidades (propias y ajenas: de todas dará fe Klemperer en sus Diarios) sobreviven los dos en esa hermosa ciudad a la que las bombas de fósforo aliadas acabarán convirtiendo en un infierno.  

A pesar de las palabras piadosas del hombre, quizás Klemperer no olvida que en ese momento su vida (y la de muchos) depende  de otra voz…

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