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5.3.11

Budhi-Dhorma y “Paradiso” [Notas…] (5) Las guerras del gusto

Luis Feria, poeta casi olvidado, escribe:

Yo nunca leeré a Lezama Lima:
¡qué frescor el de la hoja verde!

A Budhi-Dhorma estos versos le dejan pensativo. Pensativo y confuso. Pero, confuso y todo, Budhi-Dhorma se enreda en digresiones: ¡Las guerras del gusto!
—exclama para sus adentros—. Alabamos una cosa y detestamos otra. Incluso nos empeñamos en odiar aquello que con solo nuestro olvido anularíamos, perpetuándolo en la memoria. Pero no siempre sucede así. O sí: siempre sucede así, aunque las cosas cambian de continuo: el anverso se vuelve reverso, y el reverso, anverso. Basta que nuestra vida sufra un quiebro para que acabemos amando aquello a lo que profesamos odio eterno. O al revés. Al fin y al cabo, vivimos en un universo (valga la redundancia) mecido por la eternidad. Para nosotros todo ha de ser relativo, pura relación, y nada sobrevive a nuestra muerte, porque ella clausura nuestra vida. Y, no obstante, en cuestión de gustos, todo es disputa, y cada quien se encastilla en los suyos.

Budhi-Dhorma está convencido de que solo saliendo de nosotros mismos llegamos a ser nosotros mismos, y no el mero remedo de lo que somos. A Budhi-Dhorma la metafísica le tienta, y no pierde ocasión de chapotear en ella.

Los eremitas —piensa Budhi-Dhorma— se retiraban al desierto; los ascetas hindúes se perdían en la jungla. Cada uno buscaba su soledad en lo aridez más cercana, fuera jungla o desierto. Y el camino al desierto o a la jungla exigía que dejaran atrás aquél que fueron. En toda aventura —y leer lo es—sucede lo mismo. Dejamos de ser quien somos para llegar a ser quien somos. De ese modo, los eremitas y los ascetas entraban en el desierto y en la jungla como quien entra en una vida nueva en la que no hay desierto ni jungla.

Budhi-Dhorma admira a quienes son capaces de olvidarse de sí mismos para llegar a ser ellos mismos. O, retorciendo la paradoja, a quienes son capaces de perderse para encontrarse.

La vida es un desafío a nuestro ser en el mundo —filosofa Budhi-Dhorma—. Sólo traspasando nuestros límites, descubriremos lo que nos limita. Ya se trate de estética o de cualquier otra cuestión.

Budhi-Dhorma profesa gustos dispares. Lo mismo admira al aduanero Rousseau que al aduanero Melville; al extraño Greco que al acerado Gracián; a Quevedo que a Góngora; a Góngora que a Cervantes... ¡Ah, Cervantes! Budhi-Dhorma recuerda su postrer libro, su último aliento, su huerfanísimo Persiles. De no haberlo escrito, ¿quién lo echaría de menos? Después del Quijote, el Persiles: “¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos: que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!”, escribe Cervantes en el tristísimo prólogo. Budhi-Dhorma, lector ingenuo al fin, le cuesta comprender que el autor del Quijote escribiera semejante obra, poco leída, y menos alabada, exceptuado Azorín. El gran Cervantes, uno y múltiple: como todos, incluso el más simple. Es evidente que mientras unos libros atraviesan siglos —y en cada momento y en cada lectura son distintos—, otros libros encallan en la playa del olvido. Pero Budhi-Dhorma, hombre de fe, sabe que incluso los libros repudiados pueden acabar convertidos en libros amadísimos. ¿Acaso existe quien no ha tenido semejante revelación? Por otra parte
—piensa Budhi-Dhorma—, si miramos hacia atrás, vemos que el paso del tiempo lima las aristas y, amontonados los siglos, las más terribles pasiones estéticas parecen naderías. Pero no sólo vivimos en el pasado, en la remota lejanía, aunque es cierto que, visto en el pasado, todo parece más claro. Mirando hacia atrás nos endiosamos, nos sentimos ingenieros de la historia. Sopesando el peso del pasado, parecemos comprenderlo todo. Ah, pero habitamos el presente, y el presente nunca es pasado, porque el presente es la quilla que abre los surcos del tiempo. Y, no siendo espíritus puros, todo nos afecta, la mínima cosa nos duele, la torva mirada nos ofende y así acabamos atrincherados en nuestro gusto como si fuera una ciudadela digna de defender. Nos volvemos narcisos del espíritu, seres rebozados en soberbia.

Así piensa Budhi-Dhorma.

Y, a lo lejos, el Paradiso espera.

[18/2/11]

(¿Continuará?)

1 comentario:

Juan Poz dijo...

Cervantes aún es deudor de una tradición en la que el estilo elevado y el estilo bajo, la comedia y la tragedia, personajes del pueblo y personajes nobles, mueven a los autores a escribir para ser reconocidos bien por el público mayoritario, bien por el selecto. Cervantes estaba convencido de que su historia setentrional, si bien acogida por esas élites, le otorgaria un puesto en el panteón de la fama. ¿Ignoró Cervantes el valor de su Quijote? Probablemente. La relación "afectiva" con esa obra le impedía pensar en ella en términos de obra de arte. Nos reclamamos seres libres e ignoramos las cadenas generacionales que nos limitan, y a veces hasta anulan, esa ilusión de libertad. ¿O no decimos de las personas que son "sujetos"? Pues eso. Entre el Persiles y Sigismunda -una bovela bizantina a destiempo- y El licenciado Vidriera, quizás hoy la más moderna de las suyas, hay un abismo. Con todo, es obra, el Persiles, que se lee con placer.

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